9/18/2008

Reflexiones sobre el atentado en Morelia, Mich.

Creo que la nota editorial de la Jornada del día 17 de septiembre (que va pegada más abajo) es motivo de reflexión, pero antes quisiera poner los siguientes puntos para reflexionar:

¿Quién pudo hacer algo así?
  • El Narco: la verdad no lo creo, ni creo que tengan motivo de hacerlo. Están ganando la guerra que el gobierno les declaró. La gran mayoría de la ciudadanía se ha cambiado de opinión sobre tener las tropas en las calles. Al tener todo a favor pues no creo que sean tan brutos para cambiar la voluntad de la gente.
  • Un grupo de narcos desfavorecido: podría ser que el gobierno de Michoacán haya negociado con algún grupo, desfavoreciendo a otro. Sin embargo, hasta ahora nunca han reaccionado de esta forma. por lo general han mandado a ejecutar a gente cercano del político que los desfavorezca, sin embargo no se puede descartar.
  • Terroristas o grupos insurgentes: (Conste que esto lo estoy escribiendo antes que el famosos CISEN culpe al EPR) la verdad no creo que el ataque tenga un carácter terrorista. Es más bien un ataque intimidador. Los ataques terroristas se caracterizan por quedar en la memoria de la gente y para eso se necesita una gran shock. 7 muertos -lo siento mucho por ellos- no hay nadie que los recuerde mañana. Un ataque terrorista necesita 30, 40 o 50 muertos, 200 heridos, etc. para que sea noticia, que es el objetivo principal. so lo vemos en Irak, Afganistan etc. ¿O alguien se acuerda de cuanta gente inocente mataron los EEUU el día de ayer en Afganistan? NO. Simplemente porque eran menos de 10 desafortunadamente.
  • El gobierno: aunque suene a teoría de complot en Colombia el gobierno ha creado sus grupos paramilitares que han creado una gran cantidad de atentados en nombre de la FARC. Es una forma muy simple para unir al rebaño de ciudadanos en contra de un "enemigo". Otro ejemplo sería George Bush, que incluso con atentados organizados por él mismo ha justificado dos guerras. En nuestro caso no es tan obvio, pero no hay que olvidar alguans reacciones raras del presidente. Ha despedido prácticamente a todo secretario que no le sea completamente fiel, poniendo a Mouriño en gobernación. Culpó a Muñoz Ledo de golpista por proponer la revocación del mandato. Es decir, tiene un miedo espantoso de poder perder el poder, un tema que ha sido ampliamente discutido en "Primer Plano". También hay que ver su discurso del día 16 que creo que es totalmente erróneo. Culpa a todo aquel que trate de dividir la nación, es decir, AMLO y sus seguidores cuando se trata de un hecho único. Si habla de dividir el país pues debería revisar primero su partido, en el cual se festeja y se humilla a la izquierda presumiendo lo bien que hicieron el fraude. Además que fue él mismo el que generó la situación. Ni hay que olvidar que AMLO le mandó una carta en la cual exponía que si se recontaban los votos no la haría de tos.
No quiero afirmar que sea el gobierno, pero creo que es necesario reflexionar sobre la actitud que ha tomado el mandatario en respecto al caso.

Editorial

Ante la barbarie, respuesta improcedente

La noche del lunes pasado, durante la celebración del 198 aniversario del inicio de la Independencia, varios artefactos explosivos fueron activados en la repleta plaza Melchor Ocampo, de Morelia, Michoacán. El saldo del atentado es, según cifras de la procuraduría estatal, de siete muertos y más de un centenar de heridos.

El ataque, abominable desde cualquier perspectiva, constituye un nuevo escalón en la barbarie que sacude al territorio nacional, en la medida en que ha tomado como objetivo a personas inocentes y ajenas a los conflictos entre organizaciones criminales y a las pugnas entre éstas y las corporaciones de seguridad pública.

Si se considera que este atentando artero contra civiles fue perpetrado en la ciudad natal del titular del Ejecutivo federal, en el momento culminante de la más significativa ceremonia republicana y horas antes de la mayor exhibición de fuerza militar por parte del poder público –es decir, con la garantía de una cobertura informativa masificada e instantánea–, es inevitable percibir en esta atrocidad tanto la intención de provocar un impacto mediático de gran escala en todo el país como la carga simbólica de un inequívoco mensaje de desafío a las más altas instancias del Estado.

La sociedad se encuentra ante un hecho delictivo de extremada violencia que escapa, al parecer, a la lógica tradicional de disputas territoriales, venganzas y ajustes de cuentas en el seno de la delincuencia organizada, y asiste al surgimiento de ataques homicidas perpetrados sin otro propósito que causar pánico y zozobra en la población y en las autoridades.

En el desfile militar de ayer, en un discurso fuera de programa, Felipe Calderón Hinojosa formuló severas descalificaciones contra los autores del atentado, lo vinculó de alguna forma con la fractura política que vive el país, exhortó a la oposición a renunciar a sus posturas e hizo un enésimo llamado a la unidad nacional que, según él, ameritan sus estrategias contra la criminalidad. La alocución referida falló en el tono, expresó ideas erróneas y, lejos de aportar elementos para la comprensión de lo ocurrido, introdujo factores adicionales de confusión ante la opinión pública: en una circunstancia como la presente cabe esperar de una jefatura de Estado firmeza, sí, pero también serenidad y mesura en la formulación de los problemas. En cambio, los ácidos denuestos vertidos por Calderón contra los agresores criminales dejaron ver inseguridad y descontrol. Adicionalmente, por más que haya resultado tentador el empleo de la expresión “traidores a la patria” en un discurso de 16 de septiembre, llamar así a quienes, en rigor, no lo son –y no hay aquí afán alguno de exculpar a los responsables del atentado, sino reclamo de precisión conceptual–, confunde y distorsiona la percepción pública del fenómeno delictivo. Lo más preocupante del mensaje comentado es la referencia a la polarización política que afecta a la ciudadanía, como si esa división fuese un factor causal o un agravante de la escalada de violencia delictiva y como si, para erradicarla, bastara con que la oposición depusiera sus diferencias con la administración actual.

La fractura referida, hay que recordarlo, no empezó antenoche en el Zócalo capitalino, sino en las postrimerías del foxismo, cuando el régimen intentó impedir por todos los medios –legales e ilegales– la llegada al poder de un proyecto alternativo de sociedad y de país, y se profundizó en el desaseado proceso electoral de julio de 2006, que culminó con la conformación de una presidencia impugnada por un tercio del electorado y deficitaria en legitimidad. El colapso de la seguridad pública y la ofensiva de la criminalidad, en cambio, son resultado de la desintegración social causada por el ciclo de gobiernos neoliberales todavía vigente y por la falta de visión y pericia de la actual administración.

El movimiento opositor al que Calderón Hinojosa exhortó ayer a la claudicación es, sin embargo, diametralmente opuesto a la salvaje violencia delictiva que se hizo notar en Morelia: mientras que ésta sembraba la muerte, el dolor y el pánico en la plaza central de esa ciudad, los seguidores de Andrés Manuel López Obrador hacían gala de civismo y espíritu pacífico en el principal espacio público de la ciudad de México, cercado por las fuerzas federales de seguridad, y que, sin embargo, fue ocupado, utilizado y desalojado en completo orden y disciplina por los integrantes de la resistencia civil. No hay razón ni justificación, por lo tanto, para mezclar, en una misma alocución, asuntos tan distintos e inconexos como las contiendas políticas en curso y el sangriento acoso de la criminalidad organizada.